miércoles, 28 de septiembre de 2011

Entre mujeres... jamás nos manosearemos

Habrase visto. ¿En qué cabeza cabe que hombre que busca hombre quiere con vestida? No, señoras, hay que respetar el “No” de las otras, y aunque se esté muy ocupada para reclamar, recuérdese que “lo que se ve no se juzga”.

Bienvenidas, amigas lectoras, así en femenino sean hombres o mujeres, pues me vale si tienen un sexo u otro. Yo soy de esas que no tiene problemas con su género, tampoco con su orientación sexual: nací hombre y me gustan los hombres, al igual que a todas mis amigas. También me gusta el sexo, igual o más que a todas ellas; bueno, con excepción de Gloria, que es más callejera que yo.

Al fin llegó el momento para arrancar este espacio que atenta contra las buenas costumbres, pero realista por donde se le vea. Aquí daré a conocer mis peripecias sexuales, pero también las de mis amigas que se me antojan más interesantes. Por favor: no me acusen de discriminatoria, tampoco de vulgar ni ignorante, simplemente soy un reflejo más de la diversidad sexual.

Somos un grupo de varias chicas, todas ellas por un gusto incontrolable por los hombres y el sexo, aunque habemos algunas lesbianas que también le entramos al licuado de “papaya”. ¡Ay qué guarra! Pero así me encanto… Un club de chicas que a veces tiene pocas miembras, otras más, a veces unas se retiran, otras son vetadas. Precisamente, alguna de esas perritas me dijo: “tu columna será de la ‘plana mayor’”. ¡Ora! La otra con complejo de superioridad. Pues no, somos de las “piores” y muy orgullosas de eso, ahora que está muy vigente el orgullo homosexualtz.

Seeee, ya sé que les recuerda alguna serie de televisión, también habrá las envidiosas que me digan “poco original”, pero ya verán cómo desde ahora muchas estarán pendientes de lo que escriba en este espacio. Y como ya me estoy aburriendo, entremos a lo que nos truje.

Primero me presento. Soy Claudia, bueno, es mi nombre de batalla, dicen que me queda el mote porque cada vez estoy más loca (¿recuerdan la obra de Silvia Pasquel?, sí, sí, “soy Claudia y me quieren volver loca…”) pero yo me pregunto si es posible perder cada vez más el sentido de la decencia y de la realidad. Soy periodista y por ahora nada más que puedan saber.

El fin de semana pasado un trío de las lobas fuimos a Spartacus, sí chicas, ese lugar que todas niegan pero que todas, hasta la mismísima Alaska, adoramos. Es que esos chacales de Neza, hombres de bronce, cuerpos forjados por la faena y con herramientas fuertes y calientes, nos encantan. Ahí estábamos, Gloria, Jocelín y la que esto escribe, con dos agregadas culturales, un poco más reservadas que nosotras. El calor de este verano nos obligó a subir a la “terraza”, mejor dicho vil azotea, ahí donde todas nos disputamos a los chacales, claro que las vestidas con esas tetas y esas inyecciones siempre son más exitosas, como Rosa, que ahora de rubia no deja de chupar y chupar vergas… ¡ay qué fuerte!, pero ya lo dije.

La primera en dar la “putivuelta” fue la más desequilibrada, o sea, yo mesma… Enseguida encontré a un hombre que dudo mucho haya nacido en medio de la abundancia. De cualquier modo sirve para el propósito. Vestía pantalones deportivos rojos y camiseta sin magas blanca… Ah, sólo de recordarlo me “hago aguas”, como cantara mi comadre la Rossana. El chacal traía gorra y un apetecible color de piel bronceado, igual por el sol que siempre cae a plomo en la obra… no era guapo pero juro que era atractivo.

Sin más, acercándome seductoramente, me dio un beso, pero ¿quién quiere besos? Enseguida encontré lo que deseaba debajo del pantalón. ¡Qué rico! No fue decepcionante y apliqué mi mejor oficio. “Mamadora, la vieja”, me dijo alguna vez mi amiga Marichú, y no se equivocó. Esa noche tampoco sería la excepción y aquel varón me lo agradeció con un “chido”, subió el pantalón y dio la media vuelta. Apenas me reincorporaba y entonces observé algo increíble.

No me sorprendió ver a Gloria rodeada de hombres, tampoco maltratada de los pezones, mucho menos sometida por labios y miembros, no, lo que me dejó atónita fueron las caricias que una vestida (llámese transgénero en lo políticamente correcto) le hacía por la espalda. Ay, chica, pues ¿qué no se mira que somos del mismo equipo?, ¿Cómo así? Recuerden, amigas; sí, ustedes que usan tacones y pelucas: cuando vean una mujertz, por muy peluda que esté, pero con evidencias claras de ser jota, respétenla. Entre mujeres jamás nos haremos daño, tampoco nos manosearemos.

Ya de regreso a casa y después de un sinnúmero de encuentros sexuales, de diferentes calibres e intensidades, Gloria confesó casi a la luz del día: “¡Manas! La vestida se vino en mi espalda, un tipo me lo descubrió en el cuarto oscuro y corrí a limpiarme al baño…”. Yo sigo sin reponerme del susto.

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