viernes, 30 de septiembre de 2011

Infecciones sexuales, el pan nuestro de cada día

Quien haya estado libre de infecciones, que tire la primera piedra. Verdaderamente las bacterias, los virus, parásitos, hongos y demás contagios no son para presumirse, pero con seguridad todo mundo los ha albergado alguna vez en su vida.


Hace unas semanas, después de abandonar para siempre la sultana del Norte (MTY), Jocelín pasó unos días en la ciudad de México (DF) antes de irse una temporada a Philadelphia (PHI). Entonces, una madrugada después de no me acuerdo de qué, decidimos ir a la Casita. Seeee, la Casita, no se hagan que la virgen les habla porque bien que conocen sus laberintos como la palma de su mano. Ya sé que no es un lugar tan limpio como quisiéramos, que en muchas ocasiones no es posible encontrar buen material, que los robos están a la orden del día… pero qué se le va a hacer, si en México sólo tenemos este tipo de servicios para el encuentro sexual rápido, fácil y barato.

El caso es que aquella madrugada, Jocelín, Gloria y yo mera terminamos en los calabozos de ese emblemático lugar de encuentro de chilangolandia. Fue como muchas veces, para arriba, para abajo, obscuridades, más claridades, olores, suciedades… En realidad no pasó nada extraordinario como otra vez cuando en diferentes momentos y por recomendación de “boca en boca” las tres compartimos al hombre. Lo único que ocurrió digno de relatarse aquella jornada fue que a Jocelín se le rompió el condón (!)

A todas nos ha pasado, miente la que diga que no; o mejor dicho, no usa condón. Es algo que sucede ya sea por falta de lubricación, o por un poco de aire en el preservativo, o por la brusquedad del entra y sale. Como sea, el miedo no anda en burro y enseguida de una ruptura de latex viene la preocupación. Jocelín no me lo confesó, pero ella no cuenta con que Gloria es un tanto comunicativa, bueno, no menos que cualquiera de las tres. El caso es que la mujer andaba pidiendo prescripción desde aquella ciudad estadounidense ante la sospecha de una infección por “gono”. Por cierto, al tiempo que escribo esta columna, mi ex marido me platica que hace unos días contrajo la misma infección. Ya ven, la que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Para Jocelín, quien por cierto en su derecho de replica me ha pedido aclarar que ya no siente culpa ni remordimiento por la putería, fue falsa alarma. Mi amiga que ahora reside en los Estados Unidos no contrajo gonorrea ni nada parecido. Pero seamos sinceras, amigas, por más que lo intentemos, por más cuidadosas que seamos, la verdad es que no hay sexo cien por ciento seguro, a menos que practiquemos la abstención pero eso no va con nosotras ¿verdad? Al menos no con mis amigas porque no se les olvide que somos de las piores, gozosas de los cuartos oscuros, saunas, jardines calientes, cabinas y cualquier LUPIS que se nos atreviese, llámese Lugar Para el Intercambio Sexual. De este modo, debemos aprender a enfrentar las infecciones de transmisión sexual y a encontrar los tratamientos más rápidos y efectivos.

Recuerdo todavía cuando contraje ladillas, esos pequeños piojos que se encajan en lo más profundo del vello público. Fue un día entre semana que regresando a casa, me pareció divertido abordar el Metro y ligar a alguien. Así fue y el hombre terminó en mi casa y, puesto que yo estaba en una relación, solo fajamos e hicimos sexo oral. Suficiente para que días después experimentara una comezón terrible que me orilló, ilusamente, a pedirle a mi novio que me revisara. En eso estaba cuando sentí un gran empujón. “¡Qué puto!”, me gritó. Por su puesto que lo negué todo y me atreví a inculparlo a él. Los bichos esos, sin embargo, no me dejaron mentir. Se revoloteaban entre los vellos una vez que aumentaron de tamaño. La solución, que seguramente la conocen todas, es recortar y aplicar un famoso shampoo para cuando sientes “pasos en la azotea”.

Pero no se olvide que Gloria es la más puta y también la que más contagios ha padecido. Resulta que tuvo infecciones desde adolescente: contrajo herpes genital (por demás común) a tierna edad aunque se percató de ello hasta pasados los veinte. También ya hemos dicho que por ese ajetreo que sufren sus pezones con argollas, luego atrapa infecciones que la hacen supurar. Así es: en ocasiones sus pechos segregan pus a raudales en lugar de calostros. Sí, ya se que suena asqueroso, pero es la pura verdad. Gloria también sufrió gonorrea, con los ardores y fluidos amarillentos que la caracterizan; por eso desde entonces guarda en la cajuelita de su auto una receta médica, lista para adquirir los antibióticos que sean necesarios.

En fin, no cabe duda que las infecciones de transmisión sexual son el pan nuestro de cada día. No creo tener la autoridad moral para dar lecciones de cómo cuidarse y cómo prevenir estas infecciones. Mi mejor recomendación es referirse a los muchos artículos especializados que ha publicado esta agencia sobre sexualidad y prevención. En todo caso, mi único mensaje, otra vez, es en contra de la hipocresía, porque todas, reconozcámoslo, hemos pasado por un contagio al menos una vez en nuestras vidas.

jueves, 29 de septiembre de 2011

De cuartos oscuros y soledades encontradas

¿Sientes vergüenza después de acudir a un cuarto oscuro? ¿Te inunda la culpa cuando te reconoces fácil? Cuidado, no es que se hayan equivocado tus padres con la moral impartida, lo más seguro es que le tienes miedo a la soledad y te encuentres en ella.
Hace unos años Jocelín era inocente. Un poco maltratada por la vida, guardaba su sexualidad en un gran closet, como si hubiera sido una peluca que le encantaba pero que no podía usar en todas las fiestas. Reprimida, ella desconocía y rehuía de los lugares para el encuentro sexual por el remordimiento que le generaban; como era el caso de los cuartos oscuros, los cuales existen en México (me han dicho) desde tiempos inmemorables.

Según me cuentan, El Taller fue el que “innovó” con esta clase de cuartos , aunque no me tocó conocerlo porque, de hecho, el primero al que asistí fue el de La Estación. El caso es que desde entonces mis amigas me han nombrado la reina del cuarto oscuro e incluso dicen que mi mejor instrumento de trabajo es una cinta de confinamiento, de esas amarillas que usan policías de series gringas para acordonar áreas.

En este terreno, Jocelín era novata, ya les dije que incluso los cuartos calientes como también les llaman, le daban miedo y culpa. No tanta, creo yo, por haber inaugurado uno en Acapulco y otro en Monterrey, pero ella jura que era nueva en esos andares. En cambio ahora, tanto Jocelin como yo, y desde luego Gloria, somos asistentes frecuentes de estos maravillosos lugares.

La verdad hay que agarrarles el modo, porque hay quienes visitan los cuartos oscuros creyendo que encontrarán el amor o al menos una cita decente. No, chicas, no. No se confundan. Los cuartos oscuros son como una tienda de conveniencia, de esas que están las 24 horas abiertas y donde encuentras básicamente comida chatarra con un 25% de sobreprecio. Así es, en estas tiendas con seguridad conseguirás lo que necesites a altas horas de la madrugada: Una sopa instantánea, unas botanitas, cervezas, hielos, esas cosas que se requieren de emergencia… tal como un cuarto oscuro.

Ahí hay que ir con Pepe Grillo dormido, es decir, sin culpas ni remordimientos, también con realismo: se trata de satisfacer una necesidad sexual y nada más. Las habrá afortunadas como yo que conocí a mi marido en un lugar de encuentro sexual, pero no es la regla. Así que vayan sin pretensiones, ni amorosas ni terrenales… y es que hay veces que entran las muy melosas o las muy inalcanzables. ¡Hueva! Si no es para sexo, mejor no entren. El colmo está en aquellas que pretenden entrar sin ser tocadas, ¿cómo así? Menos cuando hay noches que no cabe ni un alfiler.


Las reglas del cuarto oscuro son básicas: respeta el NO de los demás; sé educada con quien no te gusta y no quieres nada con él, evita ser agresiva a menos que el otro siga manoseando con terquedad; se higiénica, no a todas nos gustan las porquerías y luego cómo cuesta quitar las manchas de semen de la ropa y los zapatos; no enciendas tu móvil, aparte de que eres blanco fácil para el robo, ¿qué parte de cuarto OSCURO no entiendes?; evita ser la "usurpadora", pues algunas llegan ya con la mesa puesta y comen como si les hubiera costado trabajo el bocado; y básico: no platiques, no jotees, no grites, que las demás estamos "trabajando" (como dijera la Micha).

Volviendo a la historia de Jocelin, la recuerdo muy abochornada en Acapulco, ahuyentándome del lugar cuando tenía a un hombre encima. Ella tiene la culpa, pues ese corredor no era cuarto oscuro; estaba desierto pero eso no quiere decir que se podía coger y mamar como si nada. Al otro día, la mujer no podía con la angustia. Se sentía la más puta, la menos decente, la peor de todas.

A muchas nos ha pasado lo mismo, pero el problema radica en la intención con que acudimos a esos lugares. Así como Jocelin en aquel entonces, la vergüenza es una reacción inmediata que provoca el cuarto oscuro; el comportamiento no es políticamente correcto, tampoco públicamente aceptado entre el colectivo, mucho menos reconocido. Pero más que la vergüenza por la "inmoralidad" que socialmente denota, se trata del enfrentamiento con una realidad innegable: El sentimiento que nos invade todo el tiempo es el miedo a la soledad y entrar a un cuarto oscuro, cuando no se tiene conciencia de lo que hacemos realmente, significa encontrarnos en un océano de soledades y eso nos angustia sobremanera. Tal como dijera mi intima Mariperla: "muy bonita, muy bonita… pero ¡sola!".

Así que, para evitar esa emoción agridulce, amigas lectoras, háganme caso: pierdan la decencia por completo, al menos reconozcan que ya la extraviaron hace mucho y, sin hipocresías, disfruten de los cuartos oscuros que para eso son… lo cual no significa dejar a un lado la autoestima y el autocuidado, que las infecciones están a la orden del día. Por cierto, buen tema para la siguiente entrega. Nos leemos la próxima.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Entre mujeres... jamás nos manosearemos

Habrase visto. ¿En qué cabeza cabe que hombre que busca hombre quiere con vestida? No, señoras, hay que respetar el “No” de las otras, y aunque se esté muy ocupada para reclamar, recuérdese que “lo que se ve no se juzga”.

Bienvenidas, amigas lectoras, así en femenino sean hombres o mujeres, pues me vale si tienen un sexo u otro. Yo soy de esas que no tiene problemas con su género, tampoco con su orientación sexual: nací hombre y me gustan los hombres, al igual que a todas mis amigas. También me gusta el sexo, igual o más que a todas ellas; bueno, con excepción de Gloria, que es más callejera que yo.

Al fin llegó el momento para arrancar este espacio que atenta contra las buenas costumbres, pero realista por donde se le vea. Aquí daré a conocer mis peripecias sexuales, pero también las de mis amigas que se me antojan más interesantes. Por favor: no me acusen de discriminatoria, tampoco de vulgar ni ignorante, simplemente soy un reflejo más de la diversidad sexual.

Somos un grupo de varias chicas, todas ellas por un gusto incontrolable por los hombres y el sexo, aunque habemos algunas lesbianas que también le entramos al licuado de “papaya”. ¡Ay qué guarra! Pero así me encanto… Un club de chicas que a veces tiene pocas miembras, otras más, a veces unas se retiran, otras son vetadas. Precisamente, alguna de esas perritas me dijo: “tu columna será de la ‘plana mayor’”. ¡Ora! La otra con complejo de superioridad. Pues no, somos de las “piores” y muy orgullosas de eso, ahora que está muy vigente el orgullo homosexualtz.

Seeee, ya sé que les recuerda alguna serie de televisión, también habrá las envidiosas que me digan “poco original”, pero ya verán cómo desde ahora muchas estarán pendientes de lo que escriba en este espacio. Y como ya me estoy aburriendo, entremos a lo que nos truje.

Primero me presento. Soy Claudia, bueno, es mi nombre de batalla, dicen que me queda el mote porque cada vez estoy más loca (¿recuerdan la obra de Silvia Pasquel?, sí, sí, “soy Claudia y me quieren volver loca…”) pero yo me pregunto si es posible perder cada vez más el sentido de la decencia y de la realidad. Soy periodista y por ahora nada más que puedan saber.

El fin de semana pasado un trío de las lobas fuimos a Spartacus, sí chicas, ese lugar que todas niegan pero que todas, hasta la mismísima Alaska, adoramos. Es que esos chacales de Neza, hombres de bronce, cuerpos forjados por la faena y con herramientas fuertes y calientes, nos encantan. Ahí estábamos, Gloria, Jocelín y la que esto escribe, con dos agregadas culturales, un poco más reservadas que nosotras. El calor de este verano nos obligó a subir a la “terraza”, mejor dicho vil azotea, ahí donde todas nos disputamos a los chacales, claro que las vestidas con esas tetas y esas inyecciones siempre son más exitosas, como Rosa, que ahora de rubia no deja de chupar y chupar vergas… ¡ay qué fuerte!, pero ya lo dije.

La primera en dar la “putivuelta” fue la más desequilibrada, o sea, yo mesma… Enseguida encontré a un hombre que dudo mucho haya nacido en medio de la abundancia. De cualquier modo sirve para el propósito. Vestía pantalones deportivos rojos y camiseta sin magas blanca… Ah, sólo de recordarlo me “hago aguas”, como cantara mi comadre la Rossana. El chacal traía gorra y un apetecible color de piel bronceado, igual por el sol que siempre cae a plomo en la obra… no era guapo pero juro que era atractivo.

Sin más, acercándome seductoramente, me dio un beso, pero ¿quién quiere besos? Enseguida encontré lo que deseaba debajo del pantalón. ¡Qué rico! No fue decepcionante y apliqué mi mejor oficio. “Mamadora, la vieja”, me dijo alguna vez mi amiga Marichú, y no se equivocó. Esa noche tampoco sería la excepción y aquel varón me lo agradeció con un “chido”, subió el pantalón y dio la media vuelta. Apenas me reincorporaba y entonces observé algo increíble.

No me sorprendió ver a Gloria rodeada de hombres, tampoco maltratada de los pezones, mucho menos sometida por labios y miembros, no, lo que me dejó atónita fueron las caricias que una vestida (llámese transgénero en lo políticamente correcto) le hacía por la espalda. Ay, chica, pues ¿qué no se mira que somos del mismo equipo?, ¿Cómo así? Recuerden, amigas; sí, ustedes que usan tacones y pelucas: cuando vean una mujertz, por muy peluda que esté, pero con evidencias claras de ser jota, respétenla. Entre mujeres jamás nos haremos daño, tampoco nos manosearemos.

Ya de regreso a casa y después de un sinnúmero de encuentros sexuales, de diferentes calibres e intensidades, Gloria confesó casi a la luz del día: “¡Manas! La vestida se vino en mi espalda, un tipo me lo descubrió en el cuarto oscuro y corrí a limpiarme al baño…”. Yo sigo sin reponerme del susto.